sábado, 12 de mayo de 2018

La vida no siempre es fácil, no siempre te proporcionará sonrisas ni momentos felices, sin embargo una de las cosas más valiosas que he aprendido de ella es que tienes que buscarle lo positivo a la situación más desastrosa que te haya tocado vivir. Yo, por desgracia, tengo muchas cosas malas que contar, podría levantar la voz, y de hecho la levantaré, con muchas de las situaciones vividas, pero le pondré el toque positivo siempre, y mientras pueda, a todo lo funesto de mi vida.
Golpes, malas decisiones, insultos, vejaciones, desprecios... y de ahí mi introversión, mi baja autoestima, mis visitas continuadas al psicólogo. Pero gracias a eso siempre seré fuerte, siempre seré resiliente.

Cuando tan solo era una niña, con ni siquiera ocho años de edad, el primer ogro apareció en mi vida. No publicaré su nombre, pero sí sus características. Era un niño, de mi altura, de pelo castaño y con gafas. No tenía buen aspecto y tampoco una familia estructurada, pero no dejaba de ser un niño. Por el momento nadie podría afirmar que tal y como se describe pudiera corresponderse a un ogro, ¿verdad? Pues lo era.

Comenzó a odiarme un día sin más, quizá sus padres hablasen de los míos en casa, quizás le diese envidia de mi trato hacia los profesores, de mis notas, o tal vez de mi familia, no sé. Lo único que sé es que, un día de camino al colegio, en el autobús, escondió mi mochila. No entendía nada, pero ingenua de mí, le sonreí. Pensé que era una broma.
Cuando llegamos a clase, cada uno ocupó su posición y de repente noté el ambiente raro... él comenzaba a cuchichear con sus dos mejores amigos, me miraban y se reían. Recuerdo que pedí permiso y fui al baño, me miré en el espejo, todo estaba normal, ¿qué les pasaba? ¿por qué se reían al mirarme?
El día acabó sin más incidentes.

Pensé que al día siguiente aquella paranoia mía ya no estaría, pero me equivocaba. Aquello no había hecho más que empezar. Cuando quise darme cuenta tenía a todo el colegio enfrentado. He de aclarar que vivía en una pedanía, en el colegio éramos tan solo 12 niños de diferentes edades, pero consiguió hacerse con el cariño de todos los niños para convertirse en un cruel tirano. Supongo que el padre, dejándose todo el dinero del mundo en el bar de la pequeña aldea, conseguía hacerse amigo de todo el que por allí pasaba. Ya sabéis, la embriaguez últimamente es lo que más une a la gente.

Me zambullí, sin ni si quiera darme cuenta, en cuatro años de maltrato escolar continuado, de eso que todo el mundo ahora llama bullying.  Cada día había algo nuevo: golpes, patadas, pescozones, amenazas a la salida del colegio.

Un día aquel pequeño y dictador niño ordenó escupir mi silla por todos lados aprovechando que yo ese día sí había decidido salir a la calle en el recreo. Cuando volví no encontraba mi mochila y mi silla estaba escupida por aquellos "granujillas". La profesora se limitaba a pedirme que lo limpiase, que no fuera tiquismiquis...Lo único que intentaba era no enfrentarse a aquel padre ebrio y aquella madre sumisa que tanto le atormentaba. Mientras tanto, yo, lloraba cada día. Pedía a gritos pasar desapercibida y que si me hacían algo no dejasen marcas para que mis padres lo notasen... Recuerdo los largos e interminables recreos en la sala de profesores, pero claro... allí ninguno de ellos notaba nada extraño. ¿Una niña con nosotros todos los recreos en vez de salirse a la calle a jugar? Será rarita, sin más. No señores, no era rarita, estaba amenazada, coaccionada, CAGADA.

Obviaba excursiones, tardes de paseos, cursos extraescolares... aquello era un infierno. A pesar de eso, conseguí mi cometido: les hice creer a mis padres, a las personas que más me querían y me querrán, que sí, que era introvertida, que estaba mejor en casa. Prefería crecer, crecer rápido por las tardes mientras por las mañanas me temblaban las piernas cada vez que sonaba el despertador. Los últimos años de cole no pude esconderlo más, lloré, lloré fuerte en casa y lo conté. Mis padres hablaron con los suyos, con la directora del colegio, fueron a la dirección provincial de educación... todo porque su hija consiguiera ser feliz entre aquellos energúmenos.
Intentaron cambiarme de colegio, pero aquella niña cabezona no dejaba de ser humana y como todo humano teme que lo que está por llegar sea aún peor. Así que me arrodillé y rogué hasta la saciedad que no me cambiasen de colegio.

Ahora, imaginad el sufrimiento de estos padres impotentes ante tal situación, e imaginad también la desesperación e infelicidad de una niña de a penas 11 años que tan solo debería haber estado pensando en jugar.

Han pasado casi veinte años de aquello, y es hoy cuando me atrevo a contarlo. El bullying ya existía hace mucho tiempo, pero es ahora cuando, gracias a Dios, la gente lo entiende. Es ahora cuando las víctimas gritan sin miedo a no ser creídas. Y señores, por esto mismo, es ahora cuando tenemos que hacer algo.

Los niños solo deben tener la preocupación de qué juguete llevarse al cole para compartir con sus amigos.

Padres, profesores, tíos, abuelos.. en este orden, por favor, eduquemos a nuestros niños. Implantemos igualdad, educación y respeto entre ellos, tanto en casa como en el cole. La educación nos corresponde a todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario