viernes, 1 de mayo de 2020

Días de encierro físico y mental. Días que parecen meses, días cubiertos de dolor y sangre ante tal situación.
La prensa nos recuerda que no debemos salir a la calle, que debemos permanecer en casa hasta que todo termine. Bueno, tampoco está tan mal, ¿no? Unos días en casa, trabajando y disfrutando con la familia, pensé.
Desgraciadamente, después de no sé cuántos días porque he perdido la cuenta, las cosas ya no son como antes, ya no es todo tan positivo, no parece tan idílico nada de lo que antes lo había parecido, agobia el propio agobio porque una es consciente de que no se pueden perder los nervios. Asusta el propio miedo que tú misma creas cada noche cuando todas las luces se apagan.
Ya no vale nada, ni hacer repostería, ni pizzas, ni ver series ni películas, ni siquiera tu libro preferido consigue evadirte de esos sentimientos. Cada día cansan más los juegos online y, a veces, las videollamadas ya ni nos sirven. Los abrazos con aquellos que tienes en casa se han vuelto a olvidar, porque son demasiado fáciles.
Pensamos en una crisis económica, que claro que llegará, sin tener en cuenta la sanitaria y, mucho menos, la propia, la sentimental. Qué triste, ¿verdad?
Olvidamos lo que pueden llegar a sentir aquellas personas que luchan cada día por llenar sus pulmones de aire, o aquellas que tiemblan cada vez que suena su teléfono porque, posiblemente, su único pensamiento en ese momento sea escuchar al otro lado al enfermero/a que dijo que te llamaría si algo sucedía con su familiar.
Pero a pesar de todo, nosotros, los más afortunados en ese sentido, seguimos teniendo miedo, angustia, incertidumbre... Nos desesperamos y se nos cae la casa encima por muy grande que sea.
Estoy segura que esto pasará, terminará. Ojalá que pronto y no se lleve a nadie cercano. Ojalá que, cuando todo termine si quedamos en pie, tengamos agallas para hacer todo lo que antes habíamos dejado pasar. Ojalá que cuando todo termine hagamos eso que nunca nos hizo felices porque nunca tuvimos cojones a luchar por ello.
A veces el ser humano es incomprensible y así es cómo yo me estoy conociendo.
Quizá algunos consideréis que soy una hipócrita por criticar las redes sociales desde una red social, como lo hice en la mía, pero es superior a mis fuerzas.
¿Nunca os ha pasado estar intentando llamar la atención de alguien para contarle algo y que, está persona, a su vez, este continuamente mirando la pantalla de un estúpido aparato? Pero es que, no es solo eso... Conseguimos sonreírle al teléfono móvil incluso más que a la cara de nuestros seres queridos. Intentamos evitar encontrarnos a nuestros familiares/amigos por el pasillo de cualquier lugar, con tal de seguir sosteniendo el móvil. Somos capaces de estar pegados durante horas y horas a las redes sociales, mientras nos molesta estar escuchando a los nuestros durante diez minutos de seguido. Nos enteramos más rápido de cómo está la gente de fuera que de cómo realmente están las personas que tenemos al lado. La verdad es que, una vez más, considero que los seres humanos damos pena.
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https://www.facebook.com/Que-nadie-calle-tu-verdad-601119326890883/

lunes, 9 de marzo de 2020

Muy bien lo tuviste que hacer para que hoy, después de tanto tiempo, sonría al ver una foto, al recordar un momento o al revivir cualquier frase. Muy bien lo tuviste que hacer para que hoy, después de tanto tiempo, mi cabeza y mi corazón se unan y necesiten ver una foto tuya queriéndome, unas palabras tuyas de aliento como si me las hubieses escrito ahora mismo:

"Intentaré que no te arrepientas nunca de haberme conocido en aquella casualidad tan maravillosa.
Intentaré que sientas que cada beso y cada abrazo que te doy no los olvides nunca."

Y así es.

Te lo dije muchas veces, eres un ser increíble, inimaginable, de esas personas que es difícil encontrar y olvidar. Ahora entiendo el porqué de esos celos innecesarios e infundados. Y, mira por donde, al final te fuiste... Te dejé ir.

En ambos hubo fallos, y quizá fuiste mi mejor casualidad en mi peor momento.., de esos amores que dicen que son los de tu vida en un momento equivocado, pero el destino lo quiso así.

Sé que no lo hice del todo bien y siempre lo llevaré conmigo, pero no puedo fustigarme más de lo que lo he hecho ya en estos años. Siento que, quizá, aquella noche perdí al amor de mi vida y, joder, qué difícil es dejar la vida pasar sabiendo eso. Pero no es momento para culpar, no es momento de llorar, ya no, ya no más.

Te agradezco todo lo que me enseñaste y lo que me hiciste sentir que fue, de momento, más del 70% de lo que llevo vivido. Te deseo, de todo corazón, la inmensa felicidad que te mereces.

Te recordaré cada vez que eche la vista atrás,te recordaré sin ningún tipo de reproche ni acritud y con mucha pena, en cada momento malo y en cada uno de los buenos de mi vida.
Te digo bueno que no feliz.

Cuídame, aunque no tenga derecho a pedírtelo, aunque sepa que no lo harás, pero cuídame desde lejos, en la distancia. Y cuídate.

Te quiero y creo que lo haré hasta el último aliento de vida.
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Gracias a ti, por regalarme la mejor experiencia de mi vida. Gracias por cada uno de los instantes, por cada momento de risa y por enseñarme cada rincón del mundo de tu mano.

Gracias barbero por esas instantáneas que aún miro y recuerdo con ilusión.

sábado, 12 de mayo de 2018

Estad antentos. A menudo, aunque no lo creáis, el corazón ruge más fuerte que las tripas.
La vida no siempre es fácil, no siempre te proporcionará sonrisas ni momentos felices, sin embargo una de las cosas más valiosas que he aprendido de ella es que tienes que buscarle lo positivo a la situación más desastrosa que te haya tocado vivir. Yo, por desgracia, tengo muchas cosas malas que contar, podría levantar la voz, y de hecho la levantaré, con muchas de las situaciones vividas, pero le pondré el toque positivo siempre, y mientras pueda, a todo lo funesto de mi vida.
Golpes, malas decisiones, insultos, vejaciones, desprecios... y de ahí mi introversión, mi baja autoestima, mis visitas continuadas al psicólogo. Pero gracias a eso siempre seré fuerte, siempre seré resiliente.

Cuando tan solo era una niña, con ni siquiera ocho años de edad, el primer ogro apareció en mi vida. No publicaré su nombre, pero sí sus características. Era un niño, de mi altura, de pelo castaño y con gafas. No tenía buen aspecto y tampoco una familia estructurada, pero no dejaba de ser un niño. Por el momento nadie podría afirmar que tal y como se describe pudiera corresponderse a un ogro, ¿verdad? Pues lo era.

Comenzó a odiarme un día sin más, quizá sus padres hablasen de los míos en casa, quizás le diese envidia de mi trato hacia los profesores, de mis notas, o tal vez de mi familia, no sé. Lo único que sé es que, un día de camino al colegio, en el autobús, escondió mi mochila. No entendía nada, pero ingenua de mí, le sonreí. Pensé que era una broma.
Cuando llegamos a clase, cada uno ocupó su posición y de repente noté el ambiente raro... él comenzaba a cuchichear con sus dos mejores amigos, me miraban y se reían. Recuerdo que pedí permiso y fui al baño, me miré en el espejo, todo estaba normal, ¿qué les pasaba? ¿por qué se reían al mirarme?
El día acabó sin más incidentes.

Pensé que al día siguiente aquella paranoia mía ya no estaría, pero me equivocaba. Aquello no había hecho más que empezar. Cuando quise darme cuenta tenía a todo el colegio enfrentado. He de aclarar que vivía en una pedanía, en el colegio éramos tan solo 12 niños de diferentes edades, pero consiguió hacerse con el cariño de todos los niños para convertirse en un cruel tirano. Supongo que el padre, dejándose todo el dinero del mundo en el bar de la pequeña aldea, conseguía hacerse amigo de todo el que por allí pasaba. Ya sabéis, la embriaguez últimamente es lo que más une a la gente.

Me zambullí, sin ni si quiera darme cuenta, en cuatro años de maltrato escolar continuado, de eso que todo el mundo ahora llama bullying.  Cada día había algo nuevo: golpes, patadas, pescozones, amenazas a la salida del colegio.

Un día aquel pequeño y dictador niño ordenó escupir mi silla por todos lados aprovechando que yo ese día sí había decidido salir a la calle en el recreo. Cuando volví no encontraba mi mochila y mi silla estaba escupida por aquellos "granujillas". La profesora se limitaba a pedirme que lo limpiase, que no fuera tiquismiquis...Lo único que intentaba era no enfrentarse a aquel padre ebrio y aquella madre sumisa que tanto le atormentaba. Mientras tanto, yo, lloraba cada día. Pedía a gritos pasar desapercibida y que si me hacían algo no dejasen marcas para que mis padres lo notasen... Recuerdo los largos e interminables recreos en la sala de profesores, pero claro... allí ninguno de ellos notaba nada extraño. ¿Una niña con nosotros todos los recreos en vez de salirse a la calle a jugar? Será rarita, sin más. No señores, no era rarita, estaba amenazada, coaccionada, CAGADA.

Obviaba excursiones, tardes de paseos, cursos extraescolares... aquello era un infierno. A pesar de eso, conseguí mi cometido: les hice creer a mis padres, a las personas que más me querían y me querrán, que sí, que era introvertida, que estaba mejor en casa. Prefería crecer, crecer rápido por las tardes mientras por las mañanas me temblaban las piernas cada vez que sonaba el despertador. Los últimos años de cole no pude esconderlo más, lloré, lloré fuerte en casa y lo conté. Mis padres hablaron con los suyos, con la directora del colegio, fueron a la dirección provincial de educación... todo porque su hija consiguiera ser feliz entre aquellos energúmenos.
Intentaron cambiarme de colegio, pero aquella niña cabezona no dejaba de ser humana y como todo humano teme que lo que está por llegar sea aún peor. Así que me arrodillé y rogué hasta la saciedad que no me cambiasen de colegio.

Ahora, imaginad el sufrimiento de estos padres impotentes ante tal situación, e imaginad también la desesperación e infelicidad de una niña de a penas 11 años que tan solo debería haber estado pensando en jugar.

Han pasado casi veinte años de aquello, y es hoy cuando me atrevo a contarlo. El bullying ya existía hace mucho tiempo, pero es ahora cuando, gracias a Dios, la gente lo entiende. Es ahora cuando las víctimas gritan sin miedo a no ser creídas. Y señores, por esto mismo, es ahora cuando tenemos que hacer algo.

Los niños solo deben tener la preocupación de qué juguete llevarse al cole para compartir con sus amigos.

Padres, profesores, tíos, abuelos.. en este orden, por favor, eduquemos a nuestros niños. Implantemos igualdad, educación y respeto entre ellos, tanto en casa como en el cole. La educación nos corresponde a todos.
Bajo el título de una de las canciones que tanto me marcó en la adolescencia, de la cual nunca he creído ni querido salir, me estreno en una nueva época de mi vida. Pretendo escribir y desahogarme, sí, pero también que personas que me lean sean capaces de sentirse identificadas, sentirse mejor y sobre todo saber que no,que la vida no acaba por una ruptura, por la pérdida de un trabajo, ni si quiera por una muerte.

No, tampoco si es tuya. Ya lo entenderás.

En Twitter me encontré un hashtag que me hizo crear esta página, #cuéntalo... aquí estoy yo, contándolo. Escucharé a mi corazón, aunque a veces sea tan caprichoso como yo, y expresaré de la mejor manera posible aquello que ambos ambicionemos.

A menudo, aunque no lo creáis, el corazón ruge más fuerte que las tripas.
Estad atentos.

viernes, 27 de abril de 2018

Me encantaría poder mirar desde los ojos de otra persona... me da igual el tiempo que fuese, pero daría lo que fuera por ser fuerte por un día, por sentirme segura, por luchar con fuerza mirando únicamente por mí. Me gustaría que nada doliese, que nada importase. Me gustaría ser egoísta y desaparecer.
Contra todo pronóstico, tener valor y volar.